En el Andévalo, el invierno no solo se siente: se saborea. Con la llegada de la montanera, nuestras dehesas se llenan de vida y tradición. Es el momento en el que el cerdo ibérico vive su mejor etapa, en plena libertad y alimentándose de lo que la tierra ofrece.
Bajo encinas y alcornoques, el ibérico recorre kilómetros cada día buscando bellotas y pastos naturales. Ese movimiento, ese ritmo tranquilo del campo, forma parte del secreto que convierte nuestro producto en algo único y que hace del Andévalo un lugar auténtico para descubrir con calma.
La montanera no es solo un proceso: es cultura, paisaje y saber hacer. Aquí, cada finca, cada sendero y cada amanecer en la dehesa cuentan una historia que se transmite generación tras generación, cuidando lo nuestro con orgullo.
Y si vienes al Andévalo, lo vas a notar en todo: en el aire limpio, en el silencio del campo, en la gastronomía que conquista sin esfuerzo y en ese carácter cercano de los pueblos que te reciben como en casa.
Porque el Andévalo se destapa también así: en una loncha de ibérico, en un paseo entre encinas y en una tradición que sigue viva y que merece ser vivida de cerca.
Ven a descubrir la montanera. Ven a vivir el Andévalo.



